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dimecres, 4 de desembre del 2013

Un 'antiaging' llamado compañía. Mayte Rius. La Vanguardia.

Aquello que no se utiliza, se atrofia. Y esto vale para los músculos y también para el cerebro. La soledad, la falta de contacto con otras personas, disminuye las facultades cognitivas y puede llevar a la demencia, especialmente a edades avanzadas. El antídoto es relacionarse
Jeanne Louise Calment, una francesa documentada como la persona más longeva de la historia tras vivir 122 años y 164 días, se mantuvo activa, recibió visitas, y participó en películas y entrevistas hasta el día que cumplió 122 años. Entonces los responsables de la residencia donde vivía anunciaron que no haría más apariciones públicas por el bien de su salud y cinco meses más tarde falleció. Algo natural a su edad, ¿no? Francisco Mora Teruel, catedrático de Fisiología Humana de la Universidad Complutense y autor, entre otros, del libro ¿Se puede retrasar el envejecimiento del cerebro? (Alianza Editorial), cree que no es casual que Calment muriese poco después de quedarse sin visitas y entrevistas, sino que el hecho de perder la atención y las relaciones sociales supuso una especie de permiso para morir. Mora recurre a este apunte para enfatizar que una de las claves para mantener una buena salud a pesar de los años es tener relación con los demás, no envejecer solo.
La soledad es la segunda preocupación de las personas mayores después de la salud. Aunque se podría decir que es parte de la primera, porque la soledad, entendida como aislamiento social, implica problemas de salud. Es más, la OMS cita la soledad como una de las principales causas de deterioro de la salud en los mayores. “La percepción de soledad y aislamiento va asociada a no salir de casa, cosa que se traduce en problemas de movilidad porque cuanto menos te mueves menos ágil estás, más riesgo hay de deterioro articular y más problemas reumáticos se desarrollan; pero además, la falta de relaciones, de personas con quien hablar, hace que se entre en riesgo de melancolía, en estados depresivos, y que al no ejercitar la mente se potencie la disminución de las facultades cognitivas”, dice Pilar Rodríguez, vicepresidenta del área de gerontología de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG).
“Somos seres sociales y no podemos tener ninguna capacidad, ni mental ni de ningún tipo, en soledad, aislados; necesitamos a los demás desde el nacimiento hasta la muerte, y más aún de mayores, porque a partir de los 50-60 años vivimos de la reserva cognitiva, de las conexiones neuronales que hemos acumulado mientras éramos muy activos, y esa reserva depende mucho de las relaciones sociales, porque si reduces tu actividad y tus contactos los circuitos se pierden, porque todo aquello que no entrenas o no utilizas lo pierdes”, explica Mora. La vinculación entre actividad y relaciones sociales que hace no es casual. El aislamiento de los mayores tiene mucho que ver con su pérdida de actividad, condicionada muchas veces por la jubilación, puesto que el trabajo es el origen de las principales relaciones sociales para muchas personas y a menudo se vincula la pérdida del trabajo con un sentimiento de desvalorización, de pérdida de estatus y de la sensación de quedar excluido. A veces quien se jubila no sabe cómo ocupar su tiempo, qué actividades hacer fuera del entorno doméstico y se recluye en casa, lo que encamina al aislamiento social y emocional, a la soledad. A ello se suman en algunos casos la muerte de amigos o de la pareja, que implican la pérdida de compañía y de una afectividad disfrutada durante décadas y en ocasiones problemas de gestión de tareas o falta de recursos materiales. En otros casos, el desencadenante de la pérdida de relaciones es el deterioro del organismo, que limita la movilidad.
Pero tampoco hay que pensar que todos los mayores se sienten solos, porque no es cierto. Ni confundir soledad con vivir solos. Hay personas que viven solas y no se sienten solas, y otras que viven acompañadas pero se sienten aisladas. Cada vez son más los mayores que viven solos y muchos por elección, porque no quieren perder su entorno ni sus relaciones, porque quieren organizarse la vida libremente o por la serenidad que les da su hogar. Otros lo hacen por falta de familiares, porque sus parientes viven lejos o no tienen espacio en casa, porque no quieren suponer un estorbo o provocar tensiones familiares, o porque no se llevan bien con la familia. Según el informe 2010 sobre las personas mayores en España, un 21% de los mayores de 65 años viven solos, aunque en el caso de las mujeres el porcentaje sube al 29%. Y si uno se fija en los de edad más avanzada (85-89 años) pasa al 32%. Las estadísticas también indican que aproximadamente cuatro de cada diez mayores que viven solos se muestran insatisfechos con su soledad.

La vicepresidenta del SEGG asegura que el aislamiento y el sentimiento de soledad es más frecuente entre los mayores de 80 años que empiezan a tener problemas de salud y se retraen más de salir de casa, y también entre las personas que han centrado su vida casi exclusivamente en la familia o en el trabajo y no han cultivado las amistades cuando eran jóvenes. Gloria Mateu, psicóloga y psicoterapeuta de la Fundació Sant Pere Claver, apunta que hay personas que son capaces de disfrutar de la soledad porque han manejado bien a lo largo de la vida los abandonos y han conseguido una maduración emocional; otras que evitan estar solas y desarrollan la capacidad de ilusionarse con nuevas actividades o con proyectos de voluntariado, y otras que tienen más riesgo de convertir la soledad en algo patológico que puede acabar desencadenando una demencia. “El principal temor de estar solo es encontrarse con sentimientos persecutorios y no tener en quien proyectarlos, y cuanto más autosuficiente y narcisista haya sido una persona a lo largo de su vida y más estructuradas tenga sus defensas frente a la ansiedad y las pérdidas, más deterioro psíquico y mental sufrirá al sentirse solo, porque al ver que con la edad deja de ser autosuficiente tratará de defenderse desconectando del resto, diciendo que no necesita ayuda ni que nadie vaya a verle, y ese encierro, además de deterioro motriz provoca desorganización mental y, mal resuelto, puede llevar a la demencia”, detalla Mateu.
Soledad Ballesteros, catedrática de Psicología Básica de la UNED y responsable del grupo de investigación en envejecimiento y enfermedades neurodegenerativas, asegura que hay muchos estudios que demuestran que hay una relación inversa entre relaciones sociales y depresión, deterioro cognitivo y demencia, y que el riesgo de enfermedad de Alzheimer es más del doble en las personas que apenas se relacionan. Diversas investigaciones vinculan también la soledad a un deterioro del sistema inmunológico, a mayor uso de medicamentos, más visitas al médico y mayor riesgo de muerte precoz. Un equipo de psicólogos de la Universidad de Chicago comprobó a través de análisis de orina que las personas aisladas socialmente tienen más epinefrina, una hormona que se libera cuando el organismo está alerta ante situaciones de estrés, lo que se traduce en una menor capacidad para superar los avatares de la vida y más problemas de sueño. Por otra parte, investigadores del centro médico de la Universidad de Amsterdam supervisaron durante tres años a mil personas mayores y analizaron los signos de soledad que presentaban y su deterioro cognitivo. Diferenciaban entre quienes se sentían aislados y quienes no tenían sensación de soledad aunque vivieran solos y observaron que, al cabo de los tres años, el 13,4% de las personas que se sentían solas tenía demencia, mientras que sólo el 5,7% de las que afirmaban estar solas pero sin sentir soledad tenía problemas mentales. En conjunto, el porcentaje de personas con demencia entre quienes vivían solos (10%) doblaba al de quienes vivían acompañados (5%).
Por el contrario, activar y ampliar la red de contactos de los ancianos permite mejorar algunas de sus habilidades cognitivas, según han comprobado los investigadores del proyecto europeo Agnes, en el que ha participado Ballesteros. El proyecto consistió en enseñar a personas mayores de Madrid, del norte de Suecia y de Atenas (Grecia) cómo manejar un ordenador e incorporarse a una red social que les facilitaba el contacto con la familia, los amigos y el equipo de investigación. Las pruebas realizadas a estas personas antes y después de participar en la red social permitieron comprobar que habían mejorado su desempeño cognitivo y su bienestar, su sentimiento de estatus, de sentirse tratados con respeto y de ser personas independientes y autorrealizadas respecto a otro grupo de control, de mayores que no se habían incorporado a la red. En una línea similar, psicólogos de la Universidad de Arizona (Estados Unidos) han probado que los mayores que aprenden a utilizar Facebook realizan mejor ciertas tareas diseñadas para medir sus habilidades mentales y declaran que se sienten menos solos o más conectados socialmente.
También mostraron una mejora en su grado de satisfacción con la vida las personas que participaron en el proyecto Cerca de Ti, desarrollado por el Imserso en colaboración con Cruz Roja, Cáritas y la Fundación Vodafone España. En este caso fueron voluntarios quienes se encargaron de romper el aislamiento de un grupo de personas de entre 81 y 86 años que vivían solas, en su mayoría mujeres viudas. La visita de los voluntarios pretendía estimular hábitos saludables como salir a pasear, rutinas de higiene, de tomar las medicinas y comer mejor, y también promover la participación de la persona en actividades de su entorno para ampliar sus relaciones. La valoración de los responsables de la iniciativa fue que el contacto presencial o telefónico con el voluntario permitió a los mayores mejorar sus niveles de autonomía, reducir su percepción de soledad y mejorar algo la relación con su red de familiares, amigos y vecinos y la frecuencia del contacto con ellos.
La clave, sea a través de la tecnología, la compañía o actividades, es romper el aislamiento porque, según los expertos, si un anciano no recibe visitas y no tiene llamadas comienza a sentirse diferente a los demás, empieza a pensar que ya no tiene presente sino sólo pasado, y lo recuerda con nostalgia, así que se siente triste, se muestra apático, le cuesta levantarse de la cama, arreglarse y cuidarse, y muchos comienzan a tener deseos de morir. A veces es el propio mayor quien promueve ese aislamiento porque le obsesiona la idea de que sus familiares tienen muchas cosas que hacer y visitarle les ocasiona molestias, así que les piden que no vayan tanto. En los grupos de investigación de la psicoterapia psicoanalítica en la vejez en que participa, Gloria Mateu ve muchos casos así. “Hay quien te cuenta que no ha vuelto a hablar con nadie desde la última sesión de grupo, hace una semana; o quien se lamenta de que sus hijos no le llaman nunca y si preguntas ‘¿y usted los llama?’ responde que no ‘porque ellos tienen cosas importantes que hacer’ y no quiere interferir”, ejemplifica la psicóloga de la Fundació Sant Pere Claver.
A estos grupos de psicoterapia que funcionan en algunos ambulatorios llegan entre 80 y 100 ancianos al año, en su mayoría enviados por el médico de cabecera, que si observa que una persona está sola y acude mucho a consulta sin que ninguna patología lo provoque, entiende que la dolencia es la soledad. “Observamos que el mero hecho de tener que ir al ambulatorio una vez por semana para participar en el grupo ya se traduce en mejoras para el mayor: mejoran sus capacidades motoras y su autoestima para presentarse delante de los otros, porque al principio igual acuden vestidos de cualquier manera, pero a medida que avanzan las sesiones cuidan mucho más su imagen personal; el objetivo es lograr que el grupo sirva para resocializarlo, involucrarlo en actividades del barrio y sacarlo de un encierro que sólo empobrece y produce deterioro físico y mental”, comenta Mateu. Y detalla que durante las reuniones de estos grupos los mayores ríen y lloran y van resolviendo conflictos, lo que les ayuda a avanzar hacia una vejez digna y resolutiva. “Al principio creíamos que hablarían más del cuerpo y de sus dolores, pero eso sólo pasa los primeros días; luego hablan de las pérdidas que les producen sentimientos dolorosos y persecutorios y que pueden estar provocados por la muerte de un familiar o de una mascota pero también por dejar de trabajar, por la pérdida de capacidades físicas, de la sexualidad o de la independencia, o por un futuro que sienten que no tienen, o por los conflictos con los hijos; la cuestión es poder hablar de ello, de lo bueno y de lo malo, para elaborar el duelo y aceptar esa pérdida, dejarla ir; porque de lo contrario se produce un retraimiento y una sensación de aniquilamiento que se traduce en desorganización mental”, explica la psicoterapeuta. A modo de ejemplo, de cómo los duelos melancólicos pueden acabar aislando y deteriorando, menciona el caso de una viuda que contaba que lo primero que hacía al levantarse era abrir el armario y abrazar la ropa de su marido, ya muerto; y que se acostaba con su foto para hablarle, pero en cambio no contaba su pena ni a los hijos ni a nadie para no preocuparles ni suscitar pena. Sin embargo, la mejor herramienta para mitigar la soledad es expresar los sentimientos porque, en palabras de Mateu, “no tiene mas soledad el que habla de que está solo, sino el que no puede hablar de ella, porque eso significa que la siente muy profunda”.
Para hablar de la soledad o romper el aislamiento no es imprescindible acudir a terapia. Para la mayoría basta con mantener el contacto, aunque sea telefónico, con familia y amigos o establecer vínculos con los vecinos. Las nuevas tecnologías pueden ser un gran aliado como han demostrado las experiencias mencionadas y otras que figuran en la información de apoyo. Y para personas que conservan autonomía y movilidad puede resultar muy útil acudir a centros cívicos, iniciar actividades que favorezcan la compañía, integrarse en asociaciones del barrio, participar en grupos de voluntarios para sentirse útil y miembro de un colectivo, apuntarse a alguna actividad formativa o acudir a la biblioteca más cercana para activar la mente, salir en grupo a caminar o encargarse de un animal de compañía que obligue a salir a la calle, porque eso promueve los contactos. Claro que, como explica la vicepresidenta de gerontología de la SEGG, a veces es necesario el empuje o la ayuda de allegados o de voluntarios para vencer las reticencias del mayor a salir a la calle. “Muchas veces el mayor pasa todo el día en casa esperando que le llame un hijo, y la familia no es consciente de que si lo invitara a salir de casa, si lo acompañara a una asociación del barrio o a una actividad donde cultivar amistades, lograría ampliar su red de apoyo y sentirse mejor, dejando de estar tan pendiente de la familia, de modo que todos ganan”, apunta Pilar Rodríguez.
Cuando la persona tiene dificultades de movilidad, no tiene relaciones familiares o vive en zonas aisladas donde es más complicado implicarse en actividades, un buen apoyo son los voluntarios. Cada vez son más las personas que se dedican a acompañar a ancianos en su casa para darles conversación, romper sus rutinas, acompañarlos al médico o a hacer ejercicio… Su visita se convierte en un estímulo para arreglarse, buscar fotos o recuerdos del pasado que comentar, organizar la casa y mantener una mejor higiene, o incluso preparar algo especial de comida para agasajarle. En definitiva, un instrumento para romper el aislamiento y expresar sentimientos.

La tecnología como aliada


Las tecnologías de la información se han revelado como un potente aliado a la hora de mitigar la soledad y el aislamiento de los ancianos. A través de internet, los videojuegos y las redes sociales muchos logran un contacto más frecuente y fluido con sus amigos y familiares, incluso si no pueden salir de casa o viven lejos. Múltiples investigaciones han demostrado que enseñarles a utilizar aplicaciones y redes sociales implica además un entrenamiento mental que tiene un impacto positivo tanto en sus habilidades y capacidades cognitivas como en sus emociones y autopercepción, lo que contribuye a evitar depresiones y ansiedad. Y estos resultados están alentando múltiples iniciativas. Recientemente un grupo de profesores de la Universidad Complutense y una ONG de voluntariado han creado el proyecto Ment@ para diseñar apps que faciliten la conexión de las personas mayores y así puedan recibir a diario fotos de sus nietos o realizar fácilmente videoconferencias con familiares que viven lejos. Y en León está arrancando un programa de teleasistencia por videoconferencia a través de satélite para mayores en el medio rural. A través del programa Skype y una televisión inteligente, personas de la Unión Democrática de Pensionistas contactan una vez al día con mayores que están solos para interesarse por sus necesidades, sus actividades y su estado de ánimo, y contactar con sus familiares o ayudarles en caso de emergencia. Son dos ejemplos de iniciativas institucionales, que se suman a las miles que emprenden a título individual a través de su ordenador o su móvil muchos mayores que ven en Facebook, Twitter, Skype y otros recursos de internet la forma de ampliar su red de amigos, de intensificar sus contactos familiares y de iniciar nuevos proyectos.

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