Palabras, imágenes, canciones, emociones que nos acompañan en nuestro camino.


dimecres, 9 d’abril del 2014

Si no sabes qué ponerte, elige una sonrisa. Patricia Ramírez.

Imagina la escena en la que alguien se dirige a su armario, abre la puerta y reflexiona delante de él. Para sus adentros piensa, "y hoy, ¿qué me pongo?" Con la misma facilidad con la que uno decide si vaqueros o falda, arreglarse más o salir informal, también podemos hacerlo con nuestras emociones.
¿Por qué? Porque nuestro estado anímico depende también de lo que nosotros elegimos.
Es cierto que existen estresores, dificultades, piedras, baches. Pero no es lo que ocurre ahí fuera lo que condiciona nuestros sentimientos, sino la manera en cómo nos lo tomamos. Si las emociones tienen un sentido evolutivo, una función... ¿por qué no nos damos cuenta de que la ansiedad para conducir, ir a una entrevista de trabajo, un examen, quedar con la persona que amas, la revisión médica, no tiene función ninguna?
Tú puedes elegir la emoción que necesitas para presentarte en la situación que sea. ¿Cómo?
1.       Elige cómo quieres vivir el momento. Idealiza, fantasea, recréate en qué vas a pensar, sentir y hacer. Dedica cinco minutos a este ejercicio. No te asegura el éxito pero prepara a tu cerebro para encontrarlo. Visualiza con todo lujo de detalles, lo ves a tu alrededor. Pon los cinco sentidos. No te frustres si al principio tu capacidad de visualización no es perfecta. Con el tiempo cogerás la destreza.

2.       Pon por escrito tu plan. Fantasear solo no te lleva a donde deseas. Pero planificar el plan de actuación, lo facilita. Verbaliza qué estás preparado, piensa en soluciones, anticípate, imagina lo que quieres decir, cómo vas a mantener el contacto ocular, la calma con la que deseas contestar. Pon por escrito los pasos que vas a dar y lo que te vas a decir (aunque sean palabras y frases sueltas).
Imagina que te vas a presentar a una prueba, o una entrevista. Podrías redactar algo como:
"Llego a la dirección que me han dado y me siento bien. Me siento a la espera de que me llamen, sonrío a los candidatos que hay alrededor, sé que puedo hacerlo. Me digo que estoy preparado. Mostraré mi entusiasmo por este trabajo. Hablaré tranquilamente de mi experiencia. Escucharé al entrevistador con tranquilidad. Pondré de mi parte para crear un clima de distensión y complicidad. Me gusta lo que hago y se lo voy a demostrar. Ah, y que no se me olvide darle la mano con decisión".

3.       Y por último, ACTÚA. La vida es un escenario en el que puedes representar el papel que quieras y cuando quieras. Que te falta seguridad, compórtate como si la tuvieras. Que eres tímido, compórtate como alguien extrovertido. Que tienes miedo al ridículo, compórtate como alguien descarado.
No necesitas hacer un entrenamiento largo ni acudir a largas sesiones a un psicólogo. La vida es lo que tú decides.
La información propioceptiva, la que va desde nuestros sentidos hasta el cerebro, es un potente motivador para el cambio. Informa al cerebro de la postura que representa tu cuerpo, y el cerebro interpreta "si mi postura indica seguridad, es que me debo sentir seguro".
Puedes elegir mirar al frente, levantar la cabeza, sonreír a las personas, tener gestos que denoten seguridad (mantén la mirada, saca el pecho, camina erguido), hablar un poco más alto... aunque sea para que se te oiga. Puedes comportarte, caminar, mirar y relacionarte como la persona que deseas ser. Al principio puede parecer fingido, pero no te preocupes, te estás responsabilizando de tu cambio. Estás eligiendo sentir de otra manera. Y todo cambio, hasta que se automatiza, necesita tiempo y dedicación.
Mírate al espejo y juega con tu cuerpo: las posturas, háblate con contundencia y decisión. Dile a la persona que se refleja que vas a salir a por todas.
Tú eres grande, enorme, grandísimo. La vida no puede elegir por ti. No permitas que nadie te deje en el camino. Si supieras lo divertido que es ponerte delante del espejo y decir, con fuerza, y con música de fondo: "Tengo valor porque me lo curro", "tengo valor porque me apasiona lo que hago", "tengo valor porque me entrego a la gente" o "tengo valor porque disfruto la vida".
Manda al sentido del ridículo a paseo y ríete tú, con tu pareja o tus hijos al hacer ejercicios como estos. Si sales cada mañana habiéndote hablado así, ya has elegido tu estado emocional.


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